Las figuras centrales fueron los bailarines del Bolshoi Anna Antonicheva (Nikiya) y Vladimir Neponozhniy (Solor). Lució con destellos propios, además de los invitados, la primera bailarina guatemalteca Claudia García (Gamzatti).
Para ser justos, el tercer acto tambaleó debido a los lamentables titubeos que tuvieron dos o tres de las 20 bailarinas —Sombras— en escena. El equilibrio les falló tanto que rompieron el cuadro blanco (por los trajes) y elegante (por la enérgica postura) que les impuso su directora, Amalí Selva. Durante esos segundos, debieron sentir lo que un mesero cuando lleva la más bella composición gastronómica en el azafate, pero se le cae sobre la cabeza del comensal. Fue como un disonante clarinete fugado de una orquesta bien afinada. Mas no las atormentaremos más, puesto que a los mejores cocineros se les riega la salsa, dicen. Además, predominaron el rigor, la exactitud y frescura de la totalidad en los tres actos.
Moveremos en este momento nuestra cámara hacia tres estrellas fulgurantes. En primer lugar, el ruso Vladimir Neponozhniy llenó las expectativas. Un bailarín excelente que a ratos parecía volar; con una gran firmeza al momento de tomar en lo alto a Anna Antonicheva o al hacerla girar. Tanto en solitario como en los Pas de deux demostró por qué es una de las figuras centrales del Bolshoi.
La bailarina, por su parte, acopladísima y autónoma, según la exigencia, brilló por su audacia física. Una mujer elegante. Extrañamos de ella, eso sí, más gozo en el rostro. Y no nos referimos a un gozo interpretativo, sino al resplandor que fluye cuando el artista se hunde agradecido entre las aguas del arte. Su compañero, por el contrario, destellaba satisfacción cada vez que aparecía en escena. El detalle, lejos de ser un vulgar intento por mostrar simpatía, es fundamentalmente integral en esta y otras disciplinas artísticas.
El segundo encuadre apunta hacia Claudia García. Es una bailarina de notoria seguridad en sí misma; su aplomo le da un aspecto soberbio, pero natural. Su noche fue grandiosa. Sospechamos la presión que pudo significar para ella, antes de la función, verse en escena con un par de bailarines de la más reputada compañía de ballet del mundo. Pero se manejó como pez en el agua. Nada tímida; al contrario, tranquila y enérgica, realizó con alta precisión varios de los más caros pasos clásicos. Claudia fue la bayadera de la noche no en el sentido protagónico dentro de la obra, sino en el derivativo del vocablo —“devadasi”, “bailadeiras”, “bayaderas” o bailarinas radiantes—.
Ahora, nos enfocamos en Sonia Marcos, Nancy Urla, Adriana Valdez y Ligia López, un cuarteto excepcional. Aunque durante su participación individual más de alguna exhibió nerviosismo, su precisión grupal fue una hermosa rima. Sus ejecuciones comprueban un esmerado entrenamiento y honesta devoción por la exactitud, así lo demostró también la segunda variación, integrada por Claudia Yax, Gruschenka Sandoval, Zoila Vásquez y Karla Dardón.
Los bailarines del Bolshoi vinieron al país gracias a la Embajada de Rusia en Guatemala, que, de esa manera, contribuye a soplar los fuegos que avivan las llamas de un Ballet Nacional que merece ser visitado por usted, el sábado 5 o el domingo 6 de septiembre, cuando presentará Otelo.
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