¿Cuántas teclas se necesitan para tocar la esencia interna del ser humano?
Se necesitan las de un piano bien repasado por el ejecutante. Y si son dos pianos, la cosa puede alcanzar dimensiones casi extra sensoriales.
En una sala de concierto (dos pianistas interpretan a compositores rusos), se tienen estas opciones:
-Bostezar y dormitar fingiendo profunda entrega.
-Cerrar los ojos y sentir que está en su habitación escuchando un CD.
-Cruzar la pierna con frecuentes cambios para aligerar el peso del cuerpo sobre una sola nalga.
-Recibir con todos los sentidos las vibras fluidas, engendradas del tecleo.
El italiano Alessio Bax y la canadiense Lucille Chung cerraron el Festival Bravissimo 2009, de la Organización para las Artes Francisco Marroquín, con un concierto para dos pianos.
Alguna vez escuché decir que interpretar a los compositores rusos y polacos es harto difícil, porque sus obras tienen una arquitectura musical bastante compleja y se requiere de mucha habilidad técnica para abrirle el corazón al piano.
No cualquier pianista, por profesional que sea, se anima con uno de esos hilos entretejidos en los que se está a un milisegundo de tropezar y quedar como un torpe. A veces, los pianistas prefieren algo más relajante, algo suave; algo menos tambaleante que caminar sobre la cuerda floja.
Desconozco si eso es verdad eso de que la arquitectura rusa o polaca es más compleja que la mayoría de composiciones famosas occidentales. Pero no me cabe la menor duda de que a la pareja Bax-Chung se le fue toda el alma en la interpretación. Ha de requerir no solo habilidad técnica y mucho aceite en los dedos, sino además una hondura espiritual para poder subir así, con tanta energía, a la cima de las montañas de notas musicales y luego descender, a veces de un solo tirón —a ratos pausadamente—, pero siempre tocando como si se les fuera la vida en cada composición.
Ella, la chinita, ágil vibración jadeante sobre las teclas; creadora de remolinos y de ráfagas vivientes —por algún lugar andarán todavía sus notas, vagando en alguna dimensión pues la música nacida de un piano nunca muere—. Ella genera los acordes agudos, interpretando a gran velocidad los planos del complejo edificio que dejaron escritos Lutoslawski, Stravinsky, Shostakovich y Rachmaninov.
Él, un pianista magistral, de gran soltura y de compás elegante, pulsa los acordes graves haciendo temblar el aire entre ambos —dos pianos, frente a frente, separados por un ramo de rosas—.
Los compositores que interpretaron Alessio Bax y Lucille Chung dejaron órdenes precisas; acomodaron nota tras nota en el pentagrama para que la construcción de sus edificios no quedara en las manos de cualquier fulano. Con instrucciones casi crípticas —como para evitar la profanación— escribieron lo que hoy bellamente ejecuta esta pareja ítalo-canadiense: el ballet completo Petrushka (Stravinsky); el Concertino para dos pianos, Op. 94, de Shostakovich, y la Suite No. 2 para dos pianos, Op. 17, de Rachmaninov.
Las hojas de los pentagramas vuelan estallando los bemoles y sostenidos más exigentes.
Y la música nace, encrespada, impetuosa, jadeante. Chung casi danza mientras toca el piano, y Bax recibe con gran delicadeza los movimientos de ella, transformándolos en rabia y en serenidad.
Allá cada cual si duerme, cambia de pierna sobre la butaca o absorbe. Estos músicos que tenemos hoy delante abren cada fisura del pentagrama y nos lanzan al abismo.
(Alessio Bax ganó el Avery Fisher Career Grant 09, otorgado por Lincoln Center de Nueva York; también el Primer Premio de la célebre Leeds International Piano Competition, y el Primer Premio de la Competencia Hamamatsu, otorgado en Japón.
Lucille Chung es el Primer Premio de la Competencia Igor Stravinsky y Medalla de Plata de la Competencia Internacional Franz Liszt, realizado en Weimar, Alemania. El concierto fue celebrado el jueves 4 de noviembre en el auditorio Juan Bautista Gutiérrez, Organización par las Artes Francisco Marroquín, ciudad de Guatemala).
(Mi otro Blog, bienvenido/as a:La Era del Moscardón:
http://www.juancarloslemus.com/
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jueves, 12 de noviembre de 2009
jueves, 29 de octubre de 2009
Acerca del Concierto de la Sinfónica Juvenil Municipal
Es noche de gala. En el público hay desde niños que a ratos lanzan algún grito desde los brazos de sus madres, hasta personas canosas vestidas de impecables trajes negros.
Afuera hay estacionados vehículos del año, y también chatarras de los años 1980.
Está a punto de comenzar el concierto que ofrecerá la Orquesta Sinfónica Juvenil Municipal de la Ciudad de Guatemala, que interpretará a Mozart (Concierto para piano y orquesta K. 28) y a Dvorak (Sinfonía del Nuevo Mundo). El pianista invitado es el maestro italiano Giuseppe Giusta.
Es la noche del jueves 22 de octubre. La sala Efraín Recinos del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias tiene ocupada la mayoría de sus mil 902 butacas.
Antes de la presentación se proyecta un video que nos informa: “7 de cada 10 niños con cáncer pueden salvarse”. El concierto es a beneficio de la fundación “Ayúdame a vivir” (www.ayuvi.com.gt).
Ingresan los jóvenes de la orquesta (aplausos). Son unos 80 estudiantes de la Escuela Municipal de Música, que está instalada en el antiguo Edificio de Correos, un hermoso edificio ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad. Toman sus lugares, afinan, hojean las partituras, dan vistazos a los pentagramas, tosen. De pronto, entra el director (aplausos), Bruno Campo (28 años de edad). Luego de saludar, levanta la batuta y todo queda en completo silencio (casi completo, pues recordemos que hay niños). La deja caer y comienza la marea y el torbellino.
Serán los críticos de música académica quienes explicarán —o enredarán— al lector con sus aseveraciones. Lo mío, lo que con gusto les comparto, es algo que llamó mucho mi atención y describo a continuación.
Es una orquesta que tiene apenas tres años de haber sido fundada; los músicos que la integran forman parte de un programa municipal, donde por recibir clases pagan Q25 al mes (unos 3 dólares, un poco más de 2 euros al mes). De manera que son, aparentemente, jóvenes inexpertos, tanto que acaso se podría creer que son simples diletantes interesados en armar una orquesta. Pero no es así. Para empezar, los violines, los chelos y las violas; los contrabajos, las trompetas, las flautas, los oboes; es decir, todo mundo en esa orquesta -hasta el de los timbales-, irradia un gozo físico excepcional; mueven sus cuerpos mientras ejecutan, casi danzan.
En nuestros países tropicales —tan alegres— no siempre tenemos músicos relajados, sino que algunos son tan tiesos como la regla de un profesor de escuela. Enfatizo que solo algunos, porque sería injusto calificar de troncos enraizados a muchos de nuestros grandes músicos. Es más, aclaro que nuestras orquestas sinfónicas, de cámara y similares tienen, por supuesto, mucho más nivel que una orquesta joven recién surgida, aunque hay algo en esta muy bello y es una marea, son olas de vitalidad, es el movimiento de los cuerpos mientras tocan. Esta orquesta danza con una energía –perdonen si parece exagerada mi comparación- semejante a la que tienen ciertas orquesta europeas, como la Filarmónica de Berlín.
No digo que una alegría manifiesta garantice una mejor ejecución, pero sí que los músicos engendrando vaivenes logran compartir mucho más sus emociones.
El currículo del director titular Bruno Campo puede ser rastreado en la Red, pero lo resumiré, con gusto. Debutó como director de orquesta a los 14 años de edad; ha participado en orquestas venezolanas, también en la de Jóvenes Latinoamericanos (dirigida nada más y nada menos que por Claudio Abbado) y ha recibido talleres con maestros de la filarmónica de Berlín y la de Bamberg. Seguramente todavía no es suficiente, pero es bastante más que lo normal y este joven director hace volar a la orquesta. La hace pegar de saltos junto con él. La conduce con una energía que seguramente sobrecalienta los instrumentos. La noche cierra con un dulce y alegre danzón. En la sala, como decía al principio, hay un público variopinto y eso se debe a que ev9identemente asisten los familiares de los jóvenes. Madres, sobrinos, tíos, abuelos y vecinos; además hay extranjeros (varios italianos, acaso por el pianista invitado).
Lo que se está haciendo con este programa de la municipalidad es grandioso para el arte y la cultura. No me cabe la menor duda de que este joven director dará de qué hablar en un futuro muy próximo, y lo mismo opino de la orquesta.
(Mi otro Blog, bienvenido/as a:
La Era del Moscardón:
http://www.juancarloslemus.com
Afuera hay estacionados vehículos del año, y también chatarras de los años 1980.
Está a punto de comenzar el concierto que ofrecerá la Orquesta Sinfónica Juvenil Municipal de la Ciudad de Guatemala, que interpretará a Mozart (Concierto para piano y orquesta K. 28) y a Dvorak (Sinfonía del Nuevo Mundo). El pianista invitado es el maestro italiano Giuseppe Giusta.
Es la noche del jueves 22 de octubre. La sala Efraín Recinos del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias tiene ocupada la mayoría de sus mil 902 butacas.
Antes de la presentación se proyecta un video que nos informa: “7 de cada 10 niños con cáncer pueden salvarse”. El concierto es a beneficio de la fundación “Ayúdame a vivir” (www.ayuvi.com.gt).
Ingresan los jóvenes de la orquesta (aplausos). Son unos 80 estudiantes de la Escuela Municipal de Música, que está instalada en el antiguo Edificio de Correos, un hermoso edificio ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad. Toman sus lugares, afinan, hojean las partituras, dan vistazos a los pentagramas, tosen. De pronto, entra el director (aplausos), Bruno Campo (28 años de edad). Luego de saludar, levanta la batuta y todo queda en completo silencio (casi completo, pues recordemos que hay niños). La deja caer y comienza la marea y el torbellino.
Serán los críticos de música académica quienes explicarán —o enredarán— al lector con sus aseveraciones. Lo mío, lo que con gusto les comparto, es algo que llamó mucho mi atención y describo a continuación.
Es una orquesta que tiene apenas tres años de haber sido fundada; los músicos que la integran forman parte de un programa municipal, donde por recibir clases pagan Q25 al mes (unos 3 dólares, un poco más de 2 euros al mes). De manera que son, aparentemente, jóvenes inexpertos, tanto que acaso se podría creer que son simples diletantes interesados en armar una orquesta. Pero no es así. Para empezar, los violines, los chelos y las violas; los contrabajos, las trompetas, las flautas, los oboes; es decir, todo mundo en esa orquesta -hasta el de los timbales-, irradia un gozo físico excepcional; mueven sus cuerpos mientras ejecutan, casi danzan.
En nuestros países tropicales —tan alegres— no siempre tenemos músicos relajados, sino que algunos son tan tiesos como la regla de un profesor de escuela. Enfatizo que solo algunos, porque sería injusto calificar de troncos enraizados a muchos de nuestros grandes músicos. Es más, aclaro que nuestras orquestas sinfónicas, de cámara y similares tienen, por supuesto, mucho más nivel que una orquesta joven recién surgida, aunque hay algo en esta muy bello y es una marea, son olas de vitalidad, es el movimiento de los cuerpos mientras tocan. Esta orquesta danza con una energía –perdonen si parece exagerada mi comparación- semejante a la que tienen ciertas orquesta europeas, como la Filarmónica de Berlín.
No digo que una alegría manifiesta garantice una mejor ejecución, pero sí que los músicos engendrando vaivenes logran compartir mucho más sus emociones.
El currículo del director titular Bruno Campo puede ser rastreado en la Red, pero lo resumiré, con gusto. Debutó como director de orquesta a los 14 años de edad; ha participado en orquestas venezolanas, también en la de Jóvenes Latinoamericanos (dirigida nada más y nada menos que por Claudio Abbado) y ha recibido talleres con maestros de la filarmónica de Berlín y la de Bamberg. Seguramente todavía no es suficiente, pero es bastante más que lo normal y este joven director hace volar a la orquesta. La hace pegar de saltos junto con él. La conduce con una energía que seguramente sobrecalienta los instrumentos. La noche cierra con un dulce y alegre danzón. En la sala, como decía al principio, hay un público variopinto y eso se debe a que ev9identemente asisten los familiares de los jóvenes. Madres, sobrinos, tíos, abuelos y vecinos; además hay extranjeros (varios italianos, acaso por el pianista invitado).
Lo que se está haciendo con este programa de la municipalidad es grandioso para el arte y la cultura. No me cabe la menor duda de que este joven director dará de qué hablar en un futuro muy próximo, y lo mismo opino de la orquesta.
(Mi otro Blog, bienvenido/as a:
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